
EL VALOR DE LA PETICIÓN: "QUEDAOS AQUÍ CONMIGO"
¡Paz a todos vosotros desde el Jardín del Señor!
Con el camino cuaresmal entramos en el sublime misterio de nuestra salvación, misterio de redención para todo hombre. Esta conciencia debería darnos una esperanza cierta en el Señor, ¡un don que siempre debemos implorar con humildad! En sentido figurado el Señor nos da un tiempo favorable para poder caminar hacia Él, un camino que todos nosotros estamos llamados a realizar poniéndonos al lado del Señor Jesús, que se dirige aquí a Jerusalén: ¡lugar donde Él ha redimido el mundo! ("Cuando se completaron los días en que iba a ser llevado al cielo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén..." Lc 9,51ss).
Es de fundamental importancia para nosotros, pequeños, prestar atención a esta referencia del Señor porque nos ayuda a acoger cada petición que el Señor nos hace, como consecuencia del supremo don de amor que hará en la Cruz: dona su vida por nosotros. Toda petición por su parte que pueda parecer prepotente y radical está motivada por esta verdad que Él manifiesta: el don de la salvación, la vida eterna. También la petición que este sagrado jardín "nos cuenta" es para ser acogida como una invitación perenne, diría casi como un imperativo de amor que el Señor requiere, porque primero nos ha amado, porque ¡se está dando a todos nosotros! En aquel "Quedaos aquí conmigo, orad y velad... " (Mt 26,38.41) , hay una potencia de amor que se perpetúa en el tiempo y nos pide a cada uno de nosotros ¡la urgencia de la conversión!
Es como si el Señor nos dijera: "Si te pido amor es porque te he dado Amor... el motivo del don de tu cercanía, del don de tu vida, un día lo comprenderás, solo tocando mis heridas gloriosas". ¿Qué decir sino: "¡Mi Dios y mi todo!" junto con santo Tomás? (Jn 20,28). Este es el tiempo favorable en que podemos amar a Dios: nos convertimos en respuesta viva a su deseo de ser amado, incluso para quien no lo hace. Es el tiempo favorable para una conversión, no como aparente cambio de costumbres, sino como consecuencia de una decidida y nueva orientación de toda nuestra persona hacia Él, dejando que sea el Señor con su Evangelio, quien interprete nuestra vida. Mi padre espiritual afirma: "No es verdad que haya que convertirse para abrir el Evangelio... Sucede en cambio lo contrario, que abriendo el Evangelio, ¡a veces nos convertimos!"
El Señor aún viene pacientemente a cogernos de la mano. Te necesitamos, Señor, nuestro Salvador; sin ti no podemos hacer nada (Jn 15,5).
Que el Príncipe de la Paz reine en nuestro corazón, Él que es el Camino, la Luz y la Verdad. Oremos sin cansarnos al gran Rey, junto con María Santísima Reina de la Paz, por la salvación del mundo entero.
Buen camino de Cuaresma