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    “Y SU CASA SOMOS
    NOSOTROS”  (Hb 3,6)

    ¡Paz a todos vosotros desde el Jardín del Señor!

    ¡Entremos en el misterio de la Encarnación, el Señor viene a salvarnos haciéndose pequeño! ¡Toma de la mano a los pequeños y los lleva a la Casa del Padre! ¡Qué gran esperanza! ¿Somos nosotros los que entramos o es Dios quien entra en nuestra historia y desea "habitar" con nosotros y en nosotros? ¡He aquí que viene el Emmanuel, el Dios con nosotros!

    Me impresiona y comparto con vosotros un pasaje de gran relieve cristológico que solo puede parecer pascual... En la carta a los Hebreos se afirma: Cristo "ha venido como el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su tienda es más grande y más perfecta, no hecha por manos de hombre, es decir, no perteneciente a este mundo creado. No lleva sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia; y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la redención eterna" 
    (Hb 9,11-12).

    Se habla de Cristo, Sumo Sacerdote, que ha entrado una vez para siempre en la Tienda más grande y perfecta "no construida por mano de hombre, es decir, no perteneciente a esta creación". La confrontación evidente es con el Templo, con el Santo de los Santos, con la ritualidad y el papel que tenía el Sumo Sacerdote en el gran día de la "expiación". Me pregunto qué se puede entender de esta tienda que no es de esta creación. Poco antes, en la misma carta, se subraya todavía la sobrenaturalidad de un santuario y de una tienda verdadera que ha plantado el Señor, y no un hombre! (Hb 8,2). ¡Esta nueva tienda, de carácter celestial y sobrenatural, es fascinante! Nos lleva a percibir la belleza y la grandeza inconmensurable del misterio que ha ocurrido y que se está realizando todavía, en la Encarnación y en la Redención. Es a través de este Misterio que Dios ha elegido de modo humano hacernos partícipes de su designio de Salvación. A través de Jesucristo, el Sumo y Eterno Sacerdote, somos alcanzados e inmersos en el Santuario celestial en el que se realiza la cercanía y el "contacto" entre Dios y nosotros, en una liturgia de la vida. ¡Su tienda somos nosotros! (Hb3,6). Es Él, el Rey de la Paz tan esperado, el que nos toma de la mano, ¡es Él el Rey que realmente necesitamos! (Hb 7,26). Es el Cordero pascual inmolado (Ap 5,6), que viene a abrir el libro de la Palabra del Padre y a desatar sus sellos (Ap 5,6-9). "¡Ven, Señor Jesús!" ¡Gritamos silenciosamente en nuestra oración!

    En este tiempo fuerte de Adviento nos encontramos contemplando al mismo Cordero manso en el Niño de Belén. El cielo infinito y resplandeciente del Eterno desea hacernos partícipes de su amor en la pequeñez del Niño, estamos llamados a cambiar de perspectiva, desde los conflictos de los tiempos confusos y oscuros a la Luz llena de esperanza, que ilumina las tinieblas del mundo y de nuestros corazones. Es Dios mismo quien a través del profeta nos invita a volver una vez más la mirada hacia la Promesa de Dios, a su compromiso: "Y tú, Belén de Éfrata, tan pequeña para estar entre las capitales de Judá, de ti saldrá Aquel que debe ser el gobernante de Israel; sus orígenes son de la antigüedad, de los días más remotos" (Miqueas 5,1).

    Que el Príncipe de la Paz renazca en nuestro corazón y en el de mucha gente que está en el camino, sin casa, sin esperanza, Él, que es el camino, la luz y el ancla de salvación. Oremos también al gtran Rey, sin cansarnos, junto a María Santísima, Reina de la Paz, por la salvación del mundo entero.                               

    Feliz camino de Adviento

    Hora Sancta

    Somos los hijos de Francisco, custodiamos por voluntad de Dios uno de los lugares más queridos por Jesús: el jardín llamado GETSEMANÍ. Es un lugar único en el mundo: el lugar donde el Señor manifiesta su Sí para siempre con su disponibilidad para entrar donde jamás ha entrado nadie, el lugar donde se hunde en la oscuridad, en su última batalla contra la muerte, por la que la Humanidad siempre ha resultado vencida.

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